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    laura islandia

    Diario de viaje: Laura en Islandia a su aire

    No me cansaré nunca de decir que Islandia es un país para repetir. Es un país que impresiona y abruma a partes iguales. Creo que es el país perfecto para amantes de la naturaleza y de los paisajes diferentes.

    Tuve la suerte de visitar Islandia en julio de 2019, en pleno verano cuando no hay oscuridad y se puede ver el sol de media noche. Yo no pude disfrutar de esta maravilla de la naturaleza porque la mayoría del tiempo estuvo nublado, pero el sol de media noche es cuando el atardecer y el amanecer se juntan y dejan una tenue luz en el cielo día tras día durante los meses de julio y agosto.

    Día 1. Madrid – Keflavik

    Cogimos un vuelo directo con Iceland Air que salía de noche y llegaba de madrugada a Keflavik, el aeropuerto internacional de Islandia. Hubo un par de horas de retraso y finalmente llegamos nuestro destino sobre las cuatro de la madrugada. El aeropuerto de Keflavik no es muy grande y no tiene mucha pérdida. Como no habíamos facturado maleta, salimos del aeropuerto directos para coger un taxi que nos llevara a nuestro hotel al lado del aeropuerto. No íbamos a dormir muchas horas esa noche, pero necesitábamos un poco de descanso.

    Día 2 Keflavik – Kálfafell

    Después de pocas horas de descanso nos despertamos para comenzar con nuestra aventura de una semana por Islandia. Hicimos el check-out en el hotel y volvimos a coger un taxi hacia el aeropuerto que estaba a 5 minutos de distancia para recoger nuestro coche de alquiler. Allí nos esperaba un chico con un cartelito para llevarnos a las oficinas de la compañía de alquiler de coche y que nos pudieran entregar el coche.

    Alquilar un coche en Islandia no es económico y las franquicias y depósitos son bastante elevados por lo que, una vez allí, añadimos un seguro completo para reducir la franquicia a 0€ y poder viajar con más tranquilidad. Nos entregaron nuestro coche y pusimos rumbo al siguiente alojamiento. Ese día nos íbamos a alojar en la zona de Kalfafell, a unas 4 horas de distancia del aeropuerto. Ese era el alojamiento más lejano en el que nos íbamos a quedar y decidimos que fuera el primero.

    Islandia solamente tiene una carretera principal que rodea toda la isla por lo que es muy fácil recórrela. La primera parada de ese día fue el aérea geotermal de Seltún a escasos minutos del aeropuerto. Allí también se encuentra la famosa Blue Lagoon y se puede ver ese azul-turquesa tan característico desde la carretera. En Seltún hay un punto de información con carteles donde también se puede aparcar y desde donde se puede hacer un recorrido por pasarelas de madera para ver cómo el agua hirviendo sale de la tierra dejando un olor poco agradable y unos colores preciosos. 

    Continuamos nuestro viaje hacia en centro de la isla y antes de llegar al alojamiento hicimos un par de paradas para contemplar algunas de las cascadas más importantes del país. La primera parada fue en la cascada Seljalandsfoss, una preciosa cascada que se puede cruzar por detrás. Obviamente hicimos el mismo recorrido que los cientos de turistas que había allí: pasamos por detrás de la cascada y continuamos el camino de tierra hasta llegar a otra cascada, un poco más escondida que la primera, pero no menos impresionante: la cascada Gljufrafoss.

    La siguiente parada del viaje estaba a tan solo media hora de distancia. Cogimos de nuevo el coche y continuamos atravesando esos preciosos paisajes oscuros de ríos de plata. De tanto en tanto, mirando hacia el lado contrario del mar, íbamos viendo lenguas de glaciar que asomaban por las montañas. De repente comenzó a llover así que tuvimos que sacar chubasqueros y paraguas para poder visitar la cascada de Skógafoss, una increíble cascada de 25 metros de ancho y 60 metros de alto. Justo al lado de la cascada hay un pequeño museo de casas antiguas islandesas donde explican cómo vivían sus antepasados, pero cuando llegamos ya habían cerrado. 

    Unas dos horas más tarde estábamos ya en el alojamiento listos para descansar de ese día tan largo. Antes de llegar hasta nuestra cabaña vimos el mar cerca de Vik y Myrdal, vimos extensiones enteras de piedra y rocas oscuras, como si fuera la luna y vimos kilómetros y kilómetros de lava cubierta de musgo, unos paisajes impresionantes.

    *Como en Islandia hay pocas gasolineras y supermercados (quitando la zona de Reikiavik) teníamos anotados todos ellos en un mapa e íbamos repostando en casi cada gasolinera, por si acaso, y gestionábamos las comidas según donde podíamos parar a comprar.

    Día 3 Kálfafell – Jökulsárlón – Kalfafell

    En este alojamiento nos quedamos 2 noches ya que cerca de la laguna de Jökulsárlón no hay alojamientos y está demasiado lejos como para ir y volver en el mismo día desde Vik y Myrdal. Por ello, bien pronto por la mañana pusimos rumbo al siguiente destino, a una hora más o menos de distancia.

    El día de hoy íbamos a visitar el glaciar más grande de Islandia y de Europa, así como las dos lagunas donde desembocan algunas de las lenguas del glaciar y la famosa playa de diamantes: donde los gigantes trozos de hielo que se desprenden del glaciar acaban reposando hasta que se derriten.

    Lo primero que hicimos fue ir al Lago Fjallsárlón, el más pequeño, pero menos concurrido de los dos. Allí habíamos contratado con semanas de antelación una excursión en lancha por el lago donde nos iban a explicar curiosidades del lugar, así como acercarnos a ver el gigantesco glaciar de cerca. Puedo decir que fue una de las mejores experiencias de mi vida: íbamos solos son el guía que, por suerte, era italiano y sabía español, y el hecho de acercarnos tanto al glaciar, parar el motor y quedarnos en silencio para escuchar, respirar y disfrutar del momento, fue algo que no se me olvidará fácilmente.

    Después de esta maravillosa experiencia fuimos a visitar el Lago de Jökulsárlón, el más grande de los dos y el que más turistas recibe. Aparcamos el coche y recorrimos el borde del lago para observar de cerca los enormes trozos de hielo de color blanco, azul y negro que flotaban tranquilos en el agua. A continuación, fuimos andando a la Playa del Diamante, una preciosa playa negra con trozos de hielo en ella. Había bastante gente, mucha niebla y el estómago comenzaba a rugir así que después de 20 minutos nos fuimos a una zona justo en frente del lago para comer tranquilamente. Las vistas desde allí eran preciosas.

    De vuelta al alojamiento, aún nos quedaba toda la tarde por delante y como en verano no se va el sol hasta muy tarde, podíamos exprimir al máximo el día completo. Por ello, hicimos una pequeña parada en el pueblo de Hofskirkja para visitar una iglesia tradicional, muy curiosa, por cierto. También para ver otra cascada famosa, la cascada de Svartifoss, conocida por caer sobre un manto de columnas de basalto. Aparcamos el coche en un parking de pago y comenzamos a caminar hacia la cascada. El trayecto son unos 40 minutos y, aunque la gran parte del tiempo es cuesta arriba, es bastante ameno y casi todo el mundo lo hace. Las vistas y el paisaje al final del camino merecen mucho la pena. Estuvimos un rato disfrutando de la cascada y haciendo algunas fotos y regresamos por el mismo camino, aunque hay otra ruta más larga circular. Era hora ya de volver a casa, comprar algo para cenar en un supermercado y cenar, así que eso hicimos.

    Día 4 Kalfafell – Vik y Myrdal – Suðurland

    Como cada día, madrugamos para aprovechar el día. Estaba siendo un viaje cansado pero gratificante, así que, con todo el ánimo del mundo, cargamos las maletas de nuevo en el coche para ir al siguiente alojamiento, a una hora y media de distancia en sentido contrario al glaciar. Teníamos todo el día por delante y la primera parada la hicimos bien cerquita de la cabaña, concretamente al Cañón de Fjaðrárgljúfur. Dejamos el coche en el parking gratuito y, siguiendo las indicaciones de los caminos recorrimos el cañón hacia el interior por la parte de arriba del mismo. Las vistas de la grieta del cañón desde arriba y el río pasando tranquilo por debajo, con una mezcla de colores oscuros y claros, es realmente precioso. Desde allí arriba se veía a lo lejos la siguiente parada que íbamos a hacer: los campos de lava cubiertos de musgo, un paisaje muy curioso que se extendía kilómetros y kilómetros ante nuestros ojos.

    Después de ver de cerca el campo de lava y hacer algunas fotos, continuamos el recorrido del día: Vik y Myrdal. En esta zona teníamos varias cosas apuntadas para visitar y, aunque se puso a llover de nuevo, nada nos iba a parar. Primero paramos en uno de los supermercados más grandes que habíamos visto hasta el momento para comprar la comida y la cena de ese día. Luego recorrimos el pequeño pueblo con el coche y pusimos rumbo a la Playa Reynisfjara, también conocida como la playa negra. Dejamos el coche en el parquin gratuito que se encuentra a 100 metros de la playa. La niebla estaba baja y aunque no se veía el paisaje a lo lejos, el contraste entre la arena negra como el carbón y las olas blancas rompiendo en la orilla era muy bonito. Allí mismo hay una formación de columnas de basalto donde hicimos algunas fotos. También estuvimos contemplando los frailecillos que se veían en el acantilado antes de ir al otro lado de la playa, a una pequeña colina donde se encuentra Dyrhólaey. Allí dejamos el coche en el parking gratuito y recorrimos el camino al borde de los acantilados. A un lado se veía la playa de Reynisfjara, con las columnas de basalto, al otro lado la playa infinita de Dyrholaey y en medio un enorme faro apuntando al Océano Atlántico.

    Ya se estaba haciendo tarde, pero seguía habiendo luz suficiente para una última parada: el famoso avión abandonado de Solheimasandur. El parking gratuito para llegar hasta el avión estaba a unos 18 minutos de donde estábamos, así que llegamos bastante rápido. Una vez allí había que andar hasta el avión, concretamente 40 minutos para ir y 40 minutos para volver. Vimos que había un autobús de pago que te llevaba hasta el avión en un horario reducido, pero preferimos hacer la caminata y disfrutar del paisaje lunar que nos dejaba ese paseo. La caminata merece mucho la pena porque no todos los días se puede ver un avión antiguo destrozado en medio de la nada desde tan cerca. No se recomienda subir ni entrar al avión porque con tantos turistas visitando el lugar, se puede romper o estropear muy rápido y a todos nos gustaría seguir disfrutando de estas maravillas únicas.

    Fin del día. Regresamos por el mismo camino y, agotados cómo estábamos, fuimos al siguiente alojamiento, una cabaña en medio de la nada a tan solo 20 minutos del aparcamiento donde habíamos dejado el coche.

    Día 5 Suðurland – Triángulo de Oro

    Hoy iba a ser el día de las cascadas. De camino al siguiente lugar donde íbamos a hacer noche había varias cascadas que teníamos anotado en nuestra lista de cosas que ver, aunque tengo que decir que después de hacer el recorrido, quitaría alguna de ellas ya que fueron muchas horas de coche. Aún así, disfrutamos mucho de los diferentes paisajes y cascadas.

    La primera parada fue en la Cascada Urriðafoss, una bonita cascada al lado de la carretera que, aunque muy bajita, es muy caudalosa. En vez de continuar hacia el norte para ver el Geyser, en una de las carreteras giramos a la derecha para visitar las cascadas de Hjálparfoss y Háifoss, así como un antiguo asentamiento Vikingo. La primera de las cascadas era muy curiosa porque justo en el centro había una enorme roca que hacía que pareciera una doble cascada. Estuvimos allí bastante rato descansando y disfrutando del lugar. La segunda de las cascadas fue realmente impresionante. El camino hasta allí es muy pedregoso y está prohibido pasar si no es con un todoterreno. Ahora bien, las vistas de la cascada a lo lejos y el cañón que se abre a sus pies es realmente impresionante. Diría que es una de las cascadas más altas del país o por lo menos eso parecía.

    De vuelta a la carretera principal y antes de poner rumbo al norte hicimos una parada en la Secret Lagoon, un balneario natural situado en la localidad de Fludir. Cogimos las entradas online el día anterior y no tuvimos ningún problema de disponibilidad. Es un balneario menos conocido y más pequeño que el Blue Lagoon pero es genial vivir la experiencia de salir en bañador al aire libre a temperaturas bajas y meterte en el agua caliente para disfrutar de un rato de relajación. El agua del balneario tiene unas microalgas beneficiosas para la piel que hacen que salgas de allí con la piel super suave, pero no se recomienda estar demasiado rato porque las altas temperaturas pueden marear. Salimos de allí muy relajados y pusimos rumbo al alojamiento para dejar todas las maletas. Como aún teníamos un rato antes de la cena y el alojamiento estaba muy cerca de dos de los lugares que hay que visitar en el Triangulo de Oro, fuimos a visitar la famosa cascada de Gullfoss, la más caudalosa del país y el famoso Geyser. La cascada estaba abarrotada de gente, pero aun así fue abrumador oír la fuerza del agua cayendo en picado.

    A tan solo 10 minutos en coche de la cascada se encuentra la zona geotermal donde está el famoso Geyser que “escupe” agua cada 5 minutos con una fuerza increíble. Hace muchos años había otro Geyser más grande que soltaba un chorro de agua mucho más alto pero que lo hacía cada 30 minutos. La gente se impacientaba y no quería esperar tanto en ver el chorro de agua así que comenzaron a echarle químicos al agujero para que saliera el agua más a menudo. Eso hizo que dejara de salir agua definitivamente y desde entonces es un agujero inactivo.

    Día 6 Triángulo de Oro

    Ya quedaba menos para acabar este precioso viaje, pero quedaban algunos lugares que visitar. Nuestro quinto día de viaje lo dedicamos a recorrer el último punto importante del Triangulo de Oro así como la zona norte de Reikiavik.

    La primera parada fue en el Parque Nacional de Thingvellir, un precioso paraje natural que rodea uno de los lagos más grandes del país. En la zona norte del lago hay varios parkings de pago y fue allí donde dejamos el coche y recorrimos unas pasarelas y unos caminos ya marcados para visitar algunos de los lugares más representativos del Parque Nacional. La iglesia de Thingvellir fue la primera parada, una antigua iglesia tradicional en frente del lago. Continuamos el recorrido para ver el lugar donde se constituyó el primer Parlamento Europeo, un lugar donde ahora hay una bandera islandesa, así como una serie de carteles informativos donde explican la historia de ese sitio. Seguimos nuestro camino haciendo una parada en la Cascada Öxarárfoss y lo acabamos paseando en medio de las placas tectónicas de Europa y América, una experiencia abrumadora. Regresamos por el mismo camino hasta el coche para poner rumbo al este, justo la zona que se encuentra por encimad de la capital del país. Después de pasar por un túnel por debajo del agua, llegamos al pueblo pescador de Akranes donde disfrutamos de un paseo a orillas del mar y de una comida a base de bocadillos y ensaladas de supermercado, un plan perfecto para descansar.

    Teníamos un buen rato de regreso al alojamiento así que después de comer cogimos el coche rumbo a casa. En vez de regresar por el mismo camino, decidimos bordear el fiordo Hvalfjördur para ver el precioso paisaje que este dejaba. Quisimos visitar también la cascada Glymur pero había un rato de caminata hasta ella y no nos daba tiempo así que hicimos una pequeña parada un poco más adelante, en la Cascada de Þórufoss, que está justo al lado de la carretera. El resto del trayecto lo hicimos sin paradas porque ya se nos hacía tarde. Aún nos quedaban un par de días más para acabar de descubrir Islandia.

    Día 7 Triángulo de Oro – Reikiavik

    Las dos últimas noches del viaje las pasamos en la capital del país. Así que pusimos rumbo al este, pero no sin antes hacer una parada en el Crater Kerid. Dejar el coche allí es gratuito, pero fue el único lugar en el que nos cobraron una entrada de unos 4€ al cambio. Aún así, merece mucho la pena porque pudimos ver el cráter tanto desde arriba como desde el interior. Es un cráter de un volcán inactivo que se ha llenado de agua y ha dejado un bonito lago en el centro.

    Después de esta parada llegamos a Reikiavik. No habíamos visto tantas casas y gente junta en muchos días, no porque viva mucha gente en la capital, sino porque la densidad de población del país es muy baja y la mitad de la gente está en la capital y alrededores. Dejamos las maletas en el alojamiento, que por cierto, estaba situado justo en frente de la famosa Iglesia Hallgrímskirkja y nos fuimos a recorrer la ciudad.

    A última hora de la tarde teníamos contratada una excursión para ir a ver ballenas, así que teníamos todo el día para disfrutar de la ciudad. Tengo que decir que Reikiavik nos sorprendió para bien. No se si tuvo algo que ver que fue el primer día que salió el sol en la semana que llevábamos allí e hizo que viéramos la ciudad con otros ojos, pero me pareció que tenía un ambiente muy animado, lleno de restaurantes, cafeterías y tiendas monísimas y coloridas. Comimos en un restaurante al lado del puerto: el primer restaurante que pisábamos en toda la semana, y volvimos al alojamiento para descansar un poco antes de la excursión en barco.

    Sobre las 8 de la tarde fuimos de nuevo al puerto para embarcar en un barco rojo que nos llevó durante un par de horas por el Océano Atlántico. No vimos ni una ballena ya que no siempre es posible verlas, pero nos contaron muchas cosas interesantes durante el trayecto y fue la primera vez que vimos atardecer de verdad, subidos en un barco, con la brisa marina en nuestras caras y con un silencio precioso.

    Día 8 Reikiavik – Madrid

    Este fue nuestro último día de viaje. Como nuestro vuelo salía a medio día no pudimos aprovechar mucho. Hicimos las maletas, recorrimos un poquito más la ciudad, comimos en una pizzería en el centro y nos fuimos al aeropuerto, a unos 40 minutos de la ciudad. Una vez dejamos el coche en el mismo lugar donde lo habíamos recogido, nos llevaron a la terminal y pasamos los controles para coger nuestro avión de regreso. Esta vez no hubo retrasos, pero el regreso son un total de unas 6 horas: 4 de vuelo y 2 de diferencia horaria.

    Sinceramente, un viaje que recomiendo a cualquiera. Islandia enamora y yo algún día volveré.

     

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