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    Diario de Viaje de Anne: Polinesia Francesa, un final de luna de miel paradisíaco

    En nuestra luna de miel, después de un intenso viaje por Australia, volamos con Air Tahití hacia Papeete, el aeropuerto internacional de Polinesia Francesa, con escala en Auckland. Tras nueve horas de vuelo aterrizamos en Tahití a las 23h del día anterior, suena extraño, pero por cambio de hora viajamos al pasado.

    Para esta primera noche nos alojamos en un hotel sencillo cercano al aeropuerto, y no fue hasta la mañana siguiente cuando amaneció y nos deleitamos de la espectacular vista desde nuestra habitación de las aguas turquesas que rodean la isla. Así que rápidamente espabilamos, desayunamos y nos dirigimos a la terminal de ferrys para cruzar hacia Moorea. También es posible llegar en vuelo, pero no queríamos perder ni un minuto facturando maletas y pasando controles.

     

    En apenas media hora llegamos la isla de Moorea, junto a otros turistas y bastante gente local, donde nos percatamos del agradable estilo de vida polinesia con un encanto intemporal que nos sedujo. Las vistas mientras llegábamos a la isla son magníficas gracias al contraste del relieve montañoso de tonos verdes con el azul clarito de la laguna.

     

    La isla de Moorea es de origen volcánico, frondosa y fértil. El interior está repleto de campos de cultivos de piñas y otras frutas tropicales. El exterior está rodeado por una barrera de coral que forma un ecosistema marino ideal que permite el privilegio de bañarse rodeado de una fauna habitualmente poco accesible.

     

    Nos alojamos en el norte de la isla, donde se encuentra la mayoría de los mejores hoteles, que también es la zona más turística. Frente a nuestro hotel teníamos todo tipo de servicios básicos: un supermercado, tiendas, un banco y algún restaurante local. Nos vino muy bien porque me dejé las chanclas en el hotel de Tahití ¡y es un accesorio indispensable para la playa!, así que compré las chanclas, cambiamos euros a francos polinesios y nos aprovisionamos de algo de comer y beber para las visitas de los siguientes días.

     

    La primera tarde la dedicamos para disfrutar de las instalaciones del hotel, de nuestra habitación, hacer snorkel, navegar con los kayaks y relajarnos después de los movidos días en Australia.

     

     

    Para el resto de la estancia alquilamos un coche en la recepción de nuestro hotel. Creemos que era la mejor opción para recorrer Moorea, porque esta joya insular se presta a todo tipo de descubrimientos. Preparamos unos sándwiches, salimos a la aventura y dimos la vuelta completa a la isla.

     

     

    En la isla de Moorea es posible pasar varios días porque hay un sinfín de actividades para hacer. Los más imprescindible son:

    -Subir al mirador más elevado de la isla, desde donde se divisa las vistas más icónicas de Moorea: las dos bahías hermanas (la bahía de Cook y la de Opunohu).

    -Hacer snorkel por la increíble barrera de coral, el gran aliciente de la isla de Moorea, en donde puedes bañarte con total tranquilidad entre tortugas, tiburones y mantas rayas, una experiencia única e inolvidable.

    -Atravesar los campos de cultivo en el interior de la isla. Hay posibilidad de realizar una excursión en quad por esta zona, ya que vimos alguno, pero no tuvimos la oportunidad de alquilarlos.

    -La playa pública de Temae. Pese a estar pegado al aeropuerto, nos pareció la más bonita, ya que es la más larga, de arena blanca y con aguas cristalinas.

    Y como colofón de un viaje inolvidable… ¡Bora Bora! Sí, confirmamos, es el paraíso en la tierra.

    Llegamos en un vuelo de hélices a esta pequeña isla. Las vistas desde el avión ya te hacen la idea de cómo será este romántico lugar. Bora Bora es un volcán que se alza sobre una de las lagunas más bellas del mundo, que muestra infinitos matices de azules, destacando el contraste azul celeste que rodea los motus de arena blanca alrededor de la isla principal.

     

    El aeropuerto se encuentra en un pequeño motu ubicado al norte, por lo que los traslados se realizan en barco público a la isla principal, o en barco privado a cada uno de los diferentes hoteles en los motus.

     

    Nosotros hicimos una primera estancia en la isla principal, que dedicamos a hacer buceo y nos alojamos en un hotel de 3*, porque es más económico. La verdad que los precios en general en Polinesia no son nada asequibles porque la mayoría de los productos son importados, pero veníamos acostumbrados de los precios australianos, que son de la misma línea. Aquí aprovechamos para ir al súper y abastecernos de cervezas, ¡muchas cervezas! El precio de una cerveza local en el supermercado es de unos 4€, frente a unos 10-12€ en el hotel…

     

     

    El fondo marino, como ya suponíamos, es una maravilla. La laguna está habitada por multitud de peces tropicales en un jardín de corales de colores mágicos y almejas gigantes de color azul, además de diferentes tipos de tiburones y mantas raya.

     

    Dejamos el broche de oro para el final. Para los últimos días nos trasladamos a un hotel de 5* ubicado en un motu con vistas al monte Otemanu.

    Fueron días dedicados solo y exclusivamente para disfrutar y relajarnos en nuestro oasis de paz. Es uno de los lugares más paradisíacos que hemos estado, la armonía de todo su conjunto: aguas cristalinas, paisajes, clima, estilo de vida, bungalows de los hoteles… hace que sea un destino perfecto para finalizar el viaje de nuestras vidas.

     

    Aunque, como en todos los viajes, faltó cosas por descubrir, disfrutamos cada instante de nuestra Luna de Miel y nos sentimos inmensamente felices después de trece aviones, nueve barcos, cinco coches, cuatro continentes y una vuelta al mundo.

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