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REPUBLICA DOMINICANA MUCHO MAS QUE PLAYAS PARADISIACAS
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República Dominicana: mucho más que playas paradisíacas

La isla moderna es una suma de sorpresas: rincones maravillosos, parajes por descubrir, huellas de pobladores precolombinos y, sobre todo, una fascinante historia que enseña a los españoles cómo fueron aquellos tiempos, no tan lejanos, del descubrimiento y la conquista de América.

Ya sabemos que el sólo nombre de Dominicana evoca playas de ensueño, cocoteros, ron y fiesta. No en balde, se ha convertido en un destino turístico de primer nivel con el que sueñan miles de europeos y americanos. Yo también me he quedado prendado de sus playas infinitas de arenas blancas, de su clima sin igual y del carácter alegre y festivo de sus gentes. Pero en Hispaniola -que así llamó Colón a la primera isla que encontró en su camino-, hay mucho más que playas paradisíacas.

La moderna República Dominicana es una suma de sorpresas: rincones maravillosos, parajes por descubrir, huellas de pobladores precolombinos y, sobre todo, una fascinante historia que nos enseña a los españoles cómo fueron aquellos tiempos, no tan lejanos, del descubrimiento y la conquista de América. Para empezar, allí tuvo lugar uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de la humanidad, cuando Colón puso pie en tierra, por primera vez, en una playa del norte de la isla y entró en contacto con los taínos, los indígenas que la poblaban y que, ya lamentablemente desaparecidos, dejaron al mundo vocablos inmortales, incorporados a todos los idiomas: hamaca, tabaco, higuera, maíz, barbacoa, tiburón, Caribe...

Entre galeones hundidos

Después, vendría la construcción de la primera urbe en tierras americanas, la actual capital, a la que los frailes dominicos que acompañaban al intrépido almirante no dudaron en bautizar con el nombre de su fundador: Santo Domingo. No puede haber un solo español con sentido de la historia que no se conmueva al perderse sin prisa entre los magníficos monumentos que sobreviven en la zona colonial de esa ciudad. Apretada entre el río Ozama y el Caribe, la primera población hispana en América se convirtió pronto en un fortín amurallado para defenderse de los piratas.

Junto al río, donde fondeaban los galeones, se puede visitar ahora la casa del Almirante, en la que vivió su hijo Diego.

Junto al río, donde fondeaban los galeones, se puede visitar ahora la casa del Almirante, en la que vivió su hijo Diego, primer gobernador de la plaza. Uno de los porches del espléndido edificio de piedra se asoma al embarcadero, y el otro a la llamada plaza de las Atarazanas, el lugar donde corría a raudales la vida de la ciudadela y donde se guardaban en almacenes las mercancías que iban o venían de España. Muy cerca, puede contemplarse la catedral primada de América, el convento de los dominicos, la casa del gobierno y tantos edificios cargados de historia que se fueron sumando hasta formar la moderna urbe actual.

Aparte de la capital, Dominicana ofrece mil opciones al viajero que gusta de emociones. Uno de mis lugares favoritos es la península de Samaná, al norte de la isla. Algo tendrá esa abrigada bahía cuando la eligen las ballenas del Ártico para criar. Los cetáceos navegan todos los años miles de kilómetros para acudir a su cita, entre enero y marzo. Es un raro privilegio acercarse entonces a los enormes y amistosos mamíferos y escuchar sus misteriosos sonidos.

Hoteles con encanto

Que nadie espere encontrar allí millares de turistas hormigueando por las magníficas playas de la bahía. Samaná dispone de una estructura muy básica. Es un destino para los amantes de la tranquilidad, para quienes se complacen en descubrir lugares nuevos, en transitar por sendas poco trilladas, para aquellos que valoran la naturaleza virgen y los precios de ensueño.

En la misma punta de la península que cierra la bahía, se encuentra Las Galeras, un pueblo sin más asfalto que el de la sencilla carretera que lleva hasta allí, pero lleno de minúsculos hoteles con encanto, de restaurantes donde se sirve el pescado del día, de playas solitarias. Desde allí, se pueden hacer numerosas excursiones a caballo; se pueden explorar los pecios de galeones hundidos; se pueden visitar playas absolutamente vírgenes, donde no hay más compañía que las algas que traen las olas.

Pero, como todo lo bueno, tiene sus inconvenientes. El principal, el transporte. Hay que alquilar una avioneta o un coche. En este caso, son varias horas de viaje desde Santo Domingo o Puerto Plata, los dos aeropuertos internacionales más próximos. Los auténticos viajeros, sin embargo, son aquellos que saben hacer de la necesidad virtud y disfrutan del paisaje que no tienen más remedio que recorrer.

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