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Portugal es un país inmensamente bello, bañado por las frías aguas del Atlántico que se adentran en una melancólica costa. La influencia del Atlántico domina sus tierras no sólo desde el punto de vista físico, produciendo un clima templado y estable, sino también desde la mentalidad de la gente y de la historia. Los portugueses son un pueblo marinero y no hay que olvidar que navegantes como Vasco de Gama fueron los que abrieron las rutas de África y del descubrimiento del Nuevo Mundo. Las playas y el sol, ya de por sí abundantes en sus tierras peninsulares, se multiplican en los edenes de las Islas Azores y Madeira, verdaderos jardines flotantes que extienden sus encantos tierra adentro. Pero Portugal es mucho más que mar y playa. Su pasado colonial puso en contacto a sus gentes con elementos africanos y suramericanos, como los fados -melancólicas canciones características de Lisboa y Coimbra- ó el estilo manuelino, arquitectura barroca del Descubrimiento, con influencias árabes y a la que pertenecen los edificios más notables del país. Portugal es una tierra de cultura milenaria, poblada desde tiempos inmemoriales y con casi nueve siglos de historia como nación, construida sobre las huellas que dejaron a su paso celtas, fenicios, griegos, romanos y árabes, cuyas marcas profundas forman parte de su idiosincrasia. De norte a sur, a cada paso, se puede tener un encuentro con el pasado visitando castillos, contemplando el trabajo realizado sobre las piedras de una catedral ó la suntuosidad de la madera tallada, deleitándose con la elegancia clásica de los palacios ó con un sorprendente viaje en el tiempo dentro de una muralla medieval. Mucho sol, cultura y arte a raudales, pero también campo, montaña y zonas rurales. A lo largo y ancho de su territorio Portugal se va mostrando con una gran diversidad de paisajes: montañas enigmáticas y sinuosas, planicies doradas, campos soleados moteados de alcornoques y olivares, dunas atlánticas que destacan sobre las vastas extensiones de arena y coloridas playas llenas de luz y del aroma del mar. Todo ello ofrece al visitante la variedad de los múltiples contrastes que caracterizan esta pequeña pero asombrosamente bella nación. De la gran ciudad, como Lisboa, llena de todo el bullicio socio-cultural de las urbes de casta histórica, al colorido de las pintorescas aldeas de piedra, pasando por la inmensidad del mar y las abigarradas barcas de Nazaré hasta los caseríos de un blanco inmaculado festoneados de azul y ocre, mezclados con trajes de colores vistosos que mantienen tradiciones centenarias. Toda esta belleza está magistralmente sazonada con la sencillez y la gentileza de unas gentes que reciben al viajero con los brazos abiertos.
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