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Cuando uno descubre por primera vez Tahití una cálida emoción recorre todo su ser, quizás por un momento la impresión le paralice y le impida reconocer la magnífica transformación que va a experimentar, pues es el comienzo de un nuevo despertar de los sentidos, un amanecer a la vida, un regalo al espíritu que se ilumina con cada uno de los tesoros que va descubrir. Cuando por fin se asimilan los colores puros del mar, de las montañas o de las flores que adornan los collares con que los habitantes de la isla dan la bienvenida a los recién llegados, entonces el aroma a tiare Tahití se percibe con mayor intensidad; la sonrisa de los tahitianos acompaña a una emotiva bienvenida y queda impresa para siempre en el corazón del nuevo amigo; ahora, uno está preparado para seguir la cadencia de la vida, para seguir percibiendo el nacimiento de nuevas emociones que mantengan vivos sus sentidos. En cualquiera de los cinco archipiélagos que componen este paraíso encontrará escenas idílicas retratadas antaño por pintores y descritas por poetas, estampas en las que dejar también su huella, porque en este edén se ofrece siempre el mejor de los tesoros: una dulce acogida. La exuberante isla de Tahití, surcada por ríos de aguas cristalinas y bañada por un mar esmeralda, la mágica isla de Moorea, salvaje y rodeada por un halo de misterio, Huahine, la isla seductora rica en vestigios arqueológicos o Bora Bora, conocida por su hermosa laguna interior de aguas multicolores, son algunos de los destinos más llamativos del Pacífico. Sin embargo, no hay que olvidar el resto de archipiélagos de Tahití: Gambier, Australes, Tuamotu y Marquesas, donde se localiza una de las islas más imaginadas de la Polinesia, Hiva Oa, más conocida como la isla de Gauguin. Aquí todavía se puede disfrutar del carácter salvaje y al mismo tiempo pacífico que atrapó al pintor y que le hizo escoger este destino para pasar sus últimos años. La paleta de Gauguin bien pudiese expresar la imagen de Tahití, un paraíso de colores puros, salpicados en un mar tranquilo, que se mezclan para ofrecer un sinfín de paisajes, matizados por la luz de la mirada de la gente que lo habita. |
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